El periodista Manolo Victorio, en su columna Carpe Diem, aborda la compleja realidad de quienes ejercen el periodismo, dividiendo su existencia en tres dimensiones: la vida pública, la vida privada y la vida oculta. La reflexión se apoya en las enseñanzas del catedrático Luis Velásquez Rivera, de la Facultad de Comunicación (Facico), quien solía desmontar la visión romántica de la profesión.
Las tres dimensiones del periodista
Victorio señala que el periodista, como ser humano falible, protagoniza tres vidas. La primera es la vida pública, expresada en crónicas, reportajes, notas informativas y artículos de opinión, donde invierte la mayor parte de su tiempo entre la redacción y el reporteo de fuentes. La segunda es la vida privada, el escaso tiempo que dedica a la familia, los hijos y la pareja, muchas veces interrumpido por exigencias informativas. La tercera es la vida oculta, que sale a la luz solo cuando el periodista sufre un percance, como amenazas, desapariciones o asesinatos, y que suele ser minimizada con frases como “seguramente andaba en malos pasos”.
Riesgos y compromiso ético
El columnista destaca que esta trilogía implica un sacrificio personal constante. La vida oculta, ligada a la investigación bajo anonimato o infiltración, conlleva un alto riesgo para la integridad y la de las fuentes. La vida privada se ve limitada por horarios extenuantes y exposición pública. La vida propia, el espacio íntimo para mantener la salud mental y las convicciones, es vital para no ceder ante presiones políticas o económicas.
Victorio menciona a organismos como la Fundación Gabo, que subrayan que el periodista auténtico debe priorizar su compromiso ético con la verdad y la sociedad. Las definiciones, agrega, no son chalecos antibalas cuando se enfrentan los riesgos de la profesión, especialmente frente a quienes detentan los poderes institucionales y fácticos.