En su más reciente columna para Hoy Xalapa, la articulista Deborah Buiza comparte una fábula contemporánea sobre la importancia de buscar espacios de tranquilidad en medio de la agitación cotidiana. El relato, titulado originalmente “Déjame que te cuente (otra vez) un cuento”, presenta a Silvestre Sereno, un erizo que habita en el Bosque del Viento Vivo y que enfrenta un entorno cada vez más ruidoso y agobiante.
El agotamiento de vivir alerta
Silvestre era conocido por su paciencia y empatía, pero el constante barullo de las cotorras, las discusiones de los animales y el peso del día a día comenzaron a afectarlo. Su cuerpo se tensaba, sus púas se erizaban y su mente se llenaba de un zumbido que no le permitía descansar ni disfrutar de las pequeñas cosas. Tras un incidente menor en el que casi reacciona de forma agresiva, el erizo comprendió que había perdido su centro.
La búsqueda del refugio
Decidido a recuperar la calma, Silvestre empacó sus objetos favoritos —libros, cuadernos, tenis y café— y se internó lejos del sendero principal. Encontró una madriguera bajo las raíces de un sauce llorón, un lugar donde el tiempo parecía ir más lento. Allí se desenrolló, respiró profundamente y se permitió hacer las cosas que realmente amaba: dormir, correr al amanecer, escribir y dibujar sin prisas.
Durante esos días, el erizo no resolvió los problemas del bosque ni descubrió nada extraordinario, pero volvió a escuchar los latidos de su propio corazón. Comprendió que, aunque el mundo exterior continúe con su prisa y sus batallas, la paz interior es un territorio que cada persona debe cuidar por sí misma.
Una reflexión aplicable a la vida real
La columna de Buiza cierra con una invitación directa: ante el ruido externo que nos satura y nos pone a la defensiva, es necesario buscar el propio refugio, apagar el caos y regresar a las cosas simples que nos reconectan con el cuerpo y la voz. La metáfora del erizo y su madriguera se convierte así en un recordatorio de que el autocuidado no es un lujo, sino una necesidad.