La quema de libros en México ha funcionado sobre todo como un acto de comunicación: una forma de festejar, de mostrar lealtad al poder, de protestar o de construir una imagen pública, según el momento y el actor que enciende el fuego.
Así lo planteó Sebastián Rivera Mir, investigador de El Colegio Mexiquense, en la charla “Quema de libros en México”, organizada por la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana (UV) y transmitida por YouTube.
El especialista afirmó que el fuego sobre un libro revela más sobre quien lo enciende que sobre la obra misma. Aunque el tema suele asociarse al nazismo o a las dictaduras, dijo que está presente en lo cotidiano: en algunas universidades persiste como rito de fin de estudios.
Rivera Mir recordó que la presidenta condenó la quema de libros ocurrida en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) durante una marcha contra la gentrificación, al calificarla como práctica exclusiva de los fascistas, aunque, según el investigador, la han ejercido actores de todo el espectro político.
De las fogatas rituales a la quema estatal
En la novela Los de abajo los libros antiguos sirven para encender el fuego y asar elotes, reflejo de un país con alfabetización muy baja durante la Revolución. En ese periodo, añadió, se pusieron en circulación bibliotecas en haciendas y conventos.
Hacia 1920, estudiantes de la Escuela Nacional Preparatoria cerraban el curso con desfiles y quemas festivas que coincidían con el Día de Muertos y la quema de Judas.
Con la educación socialista durante el cardenismo, el Estado quemó ocho mil libros de historia de un profesor considerado porfirista. Rivera Mir la identificó como la primera quema transmitida por radio y subrayó que, sin difusión, estos actos no tenían existencia pública.
Hogueras que solo existieron en el papel
Hubo quemas que nunca ocurrieron. La supuesta destrucción de un millón de libros escolares del cardenismo durante el gobierno de Manuel Ávila Camacho fue una noticia inventada que algunos historiadores repitieron sin verificarla, fenómeno que el ponente comparó con las noticias falsas de hoy.
Del zócalo capitalino a la Guerra Fría
En la década de los cincuenta, universitarios quemaron en el zócalo de la Ciudad de México revistas consideradas inmorales, como el Libro Vaquero y cómics extranjeros. El acto fue impulsado desde el poder político y se ligó al miedo a lo externo y a la consolidación del partido del gobierno.
En los sesenta, un grupo de intelectuales y artistas de Toluca, Estado de México, quemó sus propias obras para protestar por la guerra de Vietnam, en una especie de inmolación personal a favor de la paz.
Durante la Guerra Fría, los gobiernos mexicanos solían evitar la hoguera y optaban por comprar ediciones completas para impedir su circulación o por difundir materiales apócrifos. Entre ellos, un informe de la Dirección Federal de Seguridad sobre un estudiante del movimiento de 1968 que, a juicio del investigador, desmovilizó a los jóvenes.
La censura que multiplica las ventas
Cuando la censura se hizo abierta, el efecto fue el contrario: las declaraciones oficiales contra Aura, de Carlos Fuentes, en 2001, impulsaron la venta de 20 mil ejemplares en una semana.
Rivera Mir comparó los casos mexicanos con quemas de libros en Argentina, Chile y Perú. Al concluir, invitó a observar con atención los procesos de censura actuales, pues la violencia contra el libro suele terminar por darle mayor relevancia.
El investigador de El Colegio Mexiquense es especialista en estudios sobre el libro y la edición, y autor de El cautivante fulgor de los libros ardiendo: Doce episodios para una historia de la quema de libro en México.

Fuente original: Universidad Veracruzana
